En medio de una meseta, Manuel Belgrano se encuentra con Pío Tristán, quien le ofrece su sable en señal de rendición. Belgrano, entonces, hace a un lado la espada del enemigo y se funde con él en un largo abrazo. La historia cobró vida ayer en una de las quebradas de El Rodeo, a 15 kilómetros de Tafí del Valle. Se trata de un ambicioso proyecto que llevan adelante la productora del laureado Juan José Campanella, el canal Encuentro y la Televisión Pública.
El telefilme, que aún no tiene fecha de estreno, convocó a cientos de lugareños, que no querían perderse detalles de la filmación.
En pocos metros, el tiempo retrocede 182 años. Allí aparecen los patriotas, con sus uniformes verdes y azules, cansados y magullados. La victoria los llena de orgullo, pero salió cara. Desde más de 100 metros se escuchan los quejidos de dolor de los heridos, tirados en desvencijadas literas en un hospital de campaña. Belgrano, cabizbajo, camina entre ellos con la mano atenazando la empuñadura de la espada. Ahí el hechizo se rompe por un instante. "Mirá, mamá, es Pablo Rago", murmura Griselda Sánchez, mientras tira de la pollera de su madre, Marina. Sí, uno de los actores fetiches de Campanella fue el elegido para personificar al creador de la bandera. "¿Se parece un poco, no?", pregunta la nena de 12 años, pero su madre no puede responder. El director Sebastián Pivotto, a los gritos, exige silencio. "Vamos a filmar", dice, y todos callan. La toma de Belgrano con Pío Tristán se repite al menos 12 veces. Equivocaciones, encuadres, ruidos, todo hace que el director disponga reiniciar la escena. Y aunque en los rostros de los actores se vislumbra el cansancio, nadie se queja.
La reconstrucción es milimétrica. No por nada desde Buenos Aires desembarcaron más de 100 técnicos. "Es un trabajo muy meticuloso. Nada queda librado al azar", explica Gastón Graside, uno de los productores. Junto a un pequeño arroyo se montaron las carpas, a las que tuvieron que apuntalar con piedras porque por momentos el viento se ensañaba con los actores. Cañones relucientes, con sus respectivas balas, sables curvos, machetes, fusiles y cuchillos eran el armamento de los patriotas.
"Vamos de nuevo", grita Pivotto. El abrazo entre Belgrano y Tristán, ex compañeros de estudio en Salamanca, no fue tan efusivo como quería. Y menos la reacción de uno de los coroneles de Belgrano quien, al enterarse de que el general pretendía dejar en libertad a los 3.000 soldados vencidos, lo tilda de loco e idiota.
Mientras la escena se filma, los técnicos no paran un minuto. Siempre hay algo por hacer. Uno tira cables, otro pone marcas en el piso, un tercero chequea el sonido, otro más allá se encarga de que los animales estén listos para la próxima toma, las maquilladoras "reparten" sangre y las vestuaristas se encargan de que el atuendo de cada uno esté perfecto.
La filmación, además, permite el lucimiento de unos 60 extras de Tafí del Valle. Son soldados, monjes, y carreros. Son "el número". Deben repetir varias veces una toma sin decir una palabra. "Más atrás, por favor", pide uno de los asistentes y ellos retroceden casi hasta un precipicio. "Ahí nomás, no vaya a ser cosa que terminemos llamando al seguro", bromea. Por las dudas, una ambulancia del Siprosa con un enfermero y una médica están atentos a todo.
Rodaje a la madrugada
El trabajo comenzó a las 6. Había que preparar la locación y el vestuario. Para las 18, cuando el sol ya había abandonado el Valle, los técnicos encendieron enormes reflectores. Quedaban algunas tomas. "Son dos semanas de trabajo en Tucumán, y otra más en Buenos Aires", explica Graside mientras habla por intercomunicador con sus compañeros. En total se hicieron dos escenas. La del encuentro cumbre entre Belgrano victorioso y Pío Tristán vencido, y otra en la cual el general demuestra que es bueno, pero no imbécil, como lo había llamado su lugarteniente. Las tropas habían capturado a seis realistas que no habían cumplido la orden de Belgrano tras la victoria de la Batalla de Tucumán: no volver a tomar las armas contra la patria. Los seis traidores, magullados y con las ropas ensangrentadas, esperan de rodillas el veredicto. "Fusílenlos, y pásenlos a degüello. Quiero ver sus cabezas sobre las rocas", truena Belgrano. El encargado de cumplir la orden es el coronel Manuel Dorrego, quien mira con desprecio a los realistas mientras son llevados a la rastra para su ejecución. Belgrano, sin mirar atrás, se aleja pensativo. Ya no hay luz, y la toma prevista se suspende.
"Vamos que mañana seguimos", grita Pivotto. Por el camino de tierra, decenas de figuras polvorientas suben una lomada. Son fantasmas del pasado, que regresan de la mano de la magia del cine. El set está en Tucumán. Belgrano los mira alejarse, se saca el sombrero, se desprende la pechera, le entrega su sable a un asistente, prende un cigarrillo y se confiesa. "Estas botas me están matando". Si, el general también es humano.